Iremos a buscar el trébol. De la mano, mi niña, andaremos la noche» le había dicho. En sus ojos brillaba el secreto que, a voces, danzaba entre las llamas de la hoguera, cuando escaparon del bullicio y de los padres: «Sígueme, sé de un lugar que cría la verbena». Y bajaron por un camino hiriente en espinas: «Déjame ver (...) no es nada» ―tan blanco el tobillo― hasta el pie del gran árbol en sombra. Las semillas fecundaban el aire: «Es aquí» y allí, entre palabras saturadas, creyeron vislumbrar algo, acaso un bulto revuelto en ropa, acaso el culo de un mancebo entre las piernas no menos mancebas de otra que se quisiera doncella. «Pronto: llévame a casa».