S.

Supe quién era ―la conocía del instituto― y, al parecer, a ella le fascinó saberme trasunto de poeta. Aquella noche, en el parque, nos consideramos (el uno al otro) por primera vez en nuestras vidas. Yo vi unas caderas anchas, unos pechos grandes, sobre el fondo del recuerdo de sus quince años malogrados. No sé qué pudo ver ella en mí, le dije «¿Damos una vuelta?» y es que, de pronto, me vi tras un matorral, o arbusto, pellizcando sus pezones con fruición: Me sostenía sobre la expectativa de una carne nueva (la misma pero distinta). Nos volvimos a encontrar dos días después. Nos veíamos para vaciarnos. Nos gastábamos en eyaculaciones precipitadas. Duró cerca de un mes. Fue ella quien dijo aquello de que no nos pertenecíamos. Era un lunes. Llovía.