Con sólo unos retazos, recuerda la miseria en la habitación. La ve a ella, sentada en la cama, desabrochándose la camisa de cajera de supermercado. Está de espaldas a él, en silencio. Se quita el sujetador... Fue en una habitación de hotel. Debía ser por la tarde, antes de las cuatro. Se afanaban entonces por vaciarse. Se aplicaban con frenesí. Ve la luz en las cortinas, sobre las sábanas revueltas. Ella le habla de un pueblo de mar, de una playa sin gente, de un cielo nuboso y barcas en la arena. Él escapa a su tarde de otoño. Él sigue anclado en el recuerdo de su pene ardiendo entre sus pechos, aún desnudos, ahí, sobre su voz cansada y triste.