Llegó dispuesta a sorprenderme. Los viernes no teníamos nada que hacer y, aunque no éramos pareja, follábamos por matar el rato. No lo hablamos nunca: Follábamos. Ya había llegado cuando regresé de mi siesta. Se trajo a una amiga. Nos puso una porno y dejó que las risas, con las cervezas, relajasen a su amiga. A mitad del segundo polvo, la tensión era otra. Mirábamos y nos tocábamos. Distraídamente, llegaron los besos con lengua, las manos bajo la ropa, los dedos mojados. Su amiga fue la primera en quitarse la camiseta. Pusimos saliva en pezones, cuellos y ombligos. Nos demoramos, sin apenas palabras, de camino a la cama. Perdimos la ropa, nos echamos. Nos miramos en silencio (se miraron un momento). Como eran dos, se atrevían a más: «hem dut unes manilles». Trajeron también vaselina y condones. Me esposaron y, entre largas mamadas de polla, dijeron algo de «pesigolles» y «pròstata».