Baja las escaleras buscando un macho que trate su fuego cara a cara. Sale del edificio a una tarde que se presumía calurosa. Dos chavales, sentados en la hierba, no se tocan. Miran, hablan y nada más. Son gestos minúsculos, amables (cada vez más cerca): él o ella ha pensado en ensuciar aquello que se traen entre manos en los lavabos de la biblioteca. Unas chicas, a unos pasos, los miran y cuchichean. Ríen, andan en moto de aquí para allá. De pronto, un día, sintieron crecer algo más que el vello púbico. Le pusieron nombre y, a menudo, después de clase, lo tratan con saliva. En sus pasillos, abundan los rumores, que si este con aquella, que si esos dos hicieron lo otro, y antes y después pueblan su tiempo con nombres de chicos y sus labios y lenguas. No todas: de tres, sólo dos. La tercera se calla que el verano pasado, con sólo catorce, se encontró con el (...) en el rellano de casa. Aunque es mucho mayor, estuvieron hablando y, al final, se fueron a dar una vuelta por ahí en su coche: «no te preocupes, llevo goma». Recuerda los pinos. Más que los pinos, los rayos de luz entre sus hojas enhiestas.