Volvía, de pronto, con la noche: venía descalza, sin palabras ni razones. Era la sed de un cuerpo en un cuerpo encarnada. Traía el calor en el pelo, en la punta de los dedos, en los labios. Sudaba. Mojada, se contoneaba y frotaba. Resbalaba sobre su piel con la saliva helada de pezones y cuello. Era el aire inflamado en nombres mordidos, miradas perdidas y gestos malogrados. Apenas gemía: apretaba el silencio entre los dientes y allí, en sus adentros, mataba la oración que conjuraba el amor contra la abundante profusión que fluía de su entrepierna hacia sus muslos, mi torso, derramada.