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Todos ellos, todos yo, la buscaron en habitaciones de hotel. Buscaron bajo blusas blancas, camisas y camisetas. Era rubia y olía a campiña inglesa, a reformatorio, a otros nombres. Conocían la amplitud de sonrisa y dientes, la pronunciación de sus huesos, la extensión preciosa de hombros, muslos y vientre. Nada sabíamos del pelo que se torcía y espesaba. Todo lo ignoraba de la carne apretada: nada más que besos, manos y saliva caliente. Ella, todas ellas, sin apenas pechos en que agotarnos, los dejaba morir anegados en la luz de sus ojos, los grandes ojos de mi muerte con arma blanca.