estuvo sentado toda la tarde frente al televisor como frente a la pared. pensaba en la pareja de un conocido suyo, una mujer pequeña, por desarrollar. empezó por imaginársela en bragas, allí (sin sujetador). la recordó hablándole quedo (recuperó su voz) y se recreó en sus ojos, su mirar ―entre tanto, se llevaba la mano a la bragueta―. eran claros, azules, y los quiso entre sus muslos, muy abiertos, mientras hundía su pene en aquella boquita sin apenas labios. los dientes, blancos, más bien grandes, asomaban entre jadeos: la había echado en la mesa y la montaba con fuerza, enérgico. estaba cerrándolo contra su pecho cuando la puso a cuatro patas. la volvió a penetrar (se gustaba); aunque eran brazos, piernas, descarnados y pálidos, hallaba placer en verse sobre ella, en saberla entre sus manos, en cubrirla cubriéndola… Hizo que se arrodillara y, vuelto su rostro al cielo ―entreabierta la boca―, empapó torpemente un pedazo de papel