No ofrecía más virtud que dos tetas adolescentes que le valieron, por sí solas, la estimación de los cuatro pajilleros de clase; su gracia se perdería de boca en boca, con los años, después. «Esas tetas son una miseria» lo hablaba, la otra noche, un borracho que frecuentaba fotografías de mujeres en revistas. Más tarde, en su cuarto, con su barba de tres días entre sus piernas, recordaría el terrible relinchar del caballo que, pocas horas antes, revolviera saliva y sábanas. Era un hombre desagradable de ver y en el mirar que mojaba sus dedos con la carita de niña de su niña que fumaba a escondidas desde los catorce.