La mujer, pelo cano y ancha de caderas, al bajarse del bus, cruza la carretera porque, al otro lado, la espera su hombre que, cada día, sin falta, la viene a recoger. Es su novio. Aunque debe de ser su marido, quiero creer que es su novio y que se desvive por pasearla en su coche con sus bolsas de la compra y sus tobillos hinchados de pasarse horas de pie en la carnicería. Muchas tardes no van al cine. La lleva hasta la puerta de casa y se despiden con un beso. A veces, lo invita a merendar y le cocina unas galletas (él prefiere las tortitas). Otras, se ponen guapos y quedan para salir y dan una vuelta por Sabadell y él le compra regalices negras y rojas.