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aquella mujer que se retrataba desnuda en fotografías frías, sin color, sin apenas luz, en las estancias desoladas del viejo caserón decimonónico, entonces en ruïnas. El lirio blanco, enhiesto contra la pared, murmuraba, haciendo uso de sus propias palabras, contra la mano pudorosa que ocultaba el sexo usado, manoseado largo tiempo, largas noches sobre otras mujeres, otros cuerpos, que no se dejaban prender o asir. Nada resta salvo la huella en el polvo, la silla o la bañera: una mujer, otro cuerpo, entra.