Hola. ¿Eres de aquí del pueblo? Como no te, como nunca antes... Me dijo que leía poesía y no sé qué otras historias. Hacía por tener los ojos en su cara. Hablamos. Me dijo que no, que seguía esperando a la persona adecuada, y eso, y bueno, por qué no, en casa no hay nadie. ¿En el suelo? Quítate las bragas. ¿Ahí mismo? Hube de decirle que los chavales de su edad estaban todavía con los dibujitos y que no sabrían, de hecho, qué hacer con aquellas formas y volúmenes... Años más tarde, nos gozábamos de nuevo; una o dos veces al mes. Cierta nostalgia nos llevaba a encontrarnos en su piso; aunque seguía con hechuras de criminal, ella, entonces, era una mujer plena, poderosa. Me contó que tendía a los hombres en su cama y que los ponía contra la cabecera, entre sus pechos y la pared, y los masturbaba largamente, hasta que el semén, «tan calentito», le salpicaba las nalgas... Entonces, me dije, empezaba «lo bueno».