La donzella lúbrica aplastaba con su pie nariz y labios del hombre dócil y erecto que había soñado «carnes blancas y blandas o las tuyas, tan tiernas». No me hagas reír decía riendo con las yemas de los dedos encendidas: y el hombrecillo se bebía el aire, contagiado de alegres luces, poderosos perfumes. «Sólo un día o una vez», insistía, con anular, corazón e índice sobre los párpados, y ella, tan ufana, se preguntaba por qué raro mecanismo el falo de aquel hombre, adorable de algún modo, suplicaba, entre cabezadas, con cada una de sus carcajadas, voces desprendidas, risas desmayadas. «Anda, vente aquí conmigo» y los recogió a ambos en su regazo turgente, donde risueñas carnes se sonreían y ruborizaban. Unas a otras, contentas y felices, se prometían gozos nuevos que, en ocasiones como aquella, podían llegar a inventarse, pero, oh infelices, nada tan viejo como el coito que la donzella niega o el duro abrazo de cinco dedos hombres sobre la virilidad enojosa y elocuente, empapada en su deleite...