«Quiero que busquemos un lugar apartado, un lugar donde aparcar el coche, bajo una farola, y que allí me masturbes largamente, el tiempo acordado, para que me cuentes cosas de ti, que me digas tu nombre, de dónde vienes y qué cosas no me dejarías hacer contigo, no sé, besarte, besarte de verdad, o pedirte que me enseñes las tetas, como novios, como jóvenes primerizos, para besarlas después, besarlas de verdad, como debieron hacer los chavales de tu barrio, en su día, con la polla tiesa y tus manos, más inocentes y torpes, porque, primeramente, sólo te dejarías magrear, nada de bajarte los pantalones y abrirte de piernas, no, nada de eso, quizá probaste con la boca el jugo amargo, la pobreza de un portal, el rincón de una escalera... ¿no es cierto?