era tremendamente conservador cuando recordaba la jornada aquella en que ella lo subió a su habitación de la mano para descubrirle, en confidencia, unos mugrones delicados y tiernos que, arrecidos de frío ―la ventana estaba abierta, el otoño cerraba―, se llegaron hasta su boca en busca de un cariño que su cuerpo, por aquel entonces, rebosaba a raudales.