le tendí la mano por encima de las espigas: iríamos juntos a lo alto del cerro, hasta el columpio en el roble, y allí, el uno en el otro, cruzaríamos la tarde bajo los cielos abiertos en mi pecho.

Con la siega del trigo, se fue el día.
Llegó la noche y la noche cegó los horizontes.

(No, tampoco tú recuerdas mi mano en la tuya)