legaba al humo la amargura que descansaba al final de todos los recuerdos, recuerdos que, aquella tarde, desgajaba entre los dedos: quiso decirle que la quería, quiso, porque la quería, decirle «la quiero» pero ella, o toda aquella sangre, eran ella y otros tantos recuerdos frente a la promesa de juventud de otras manos, otras piernas y otros pies, la luz, en definitiva, de otros días sobre otra piel.