Tarde rara, de luz cansada, de nubes bajas. Pasos tacones de mujer alta, enjuta, van sobre el silencio de museo roto por murmullos a media voz. Está (alguien), de pronto, frente a un Rembrandt, cámara en mano: hay dos viejos y una joven sin apenas ropa a punto de bañarse. Tira la foto y se la lleva a ella (no al cuadro) y ella, que lo sorprende, lo ve marcharse (son largos los pasillos, y blancos) sin alcanzar a comprender… Recuerda, sin embargo, que decía (otro, otra tarde) «sigo al fin mi furor, porque mudarme / no es onra ya, ni justo que s'estime / tan mal de quien tan bien rindió su pecho». Más cuadros (a izquierda y derecha).