viendo pasar las jacas por el prado, plaza del ayuntamiento verde y preciosa, piensan los muchachos en los muslos de la sibila y en la fuente niña, al pie de un arroyo. Su agua, la más joven, chorrea y rompe contra las columnas, grandes, poderosas, de la muchacha y trepa ¡cómo trepa! hacia lo maś hondo… Huye el eco de una risa. Un hilo tenso enhebra los penes de quienes las ven pasar, firmes en sus cuartos traseros, y son dos más dos, más dos, más dos, bajo el trino-siempre-caliente de la fuente aquella, hundida en el recuerdo de un valle.