follaba bonito. morena preciosa, un tanto insulsa, se hacía las piernas a la cera o pintaba de rojo encendido las uñas de sus pies cuando volvía del trabajo. llegaba casi siempre de noche. llegaba y no había nadie ― aquel hombre, su amante, vivía con otra mujer y tres niños; yo, alguien en un pub, le hablé del estampado en las paredes, de la fotografía de sus padres sobre el televisor y de la pena que, un viernes tarde, asola ciertos pisos «como el mío». bebimos unas copas antes de los besos, los primeros, antes de darnos a los brazos y apetitos de otro ― aunque ajeno, aunque extraño, dejó que le desabrochara la blusa, que buscase bajo la falda la manera de quitarle las medias, bajarle las bragas: «no, aquí no, vamos a la cama» y fuimos y, en la cama, se abrió de piernas para mí, tan otro, tan en ella, por momentos irreconocible… la penetré con dureza, si es que nunca llegué a tocarla ― allí arriba, fatalmente delicada, seguía follando bonito contra el estampado de las paredes, la fotografía en el televisor y la pena de los viernes.