―Te toca.
Antes, por unos minutos, ha estado en otro momento, el mismo lugar: la cornisa blanca, la noche negra, palmeras, pero arriba, con ella. No le ha dicho no, paso, yo te quiero así, sin toda esa mierda, preocupado, sobre todo, por la desidia que la deja en tubos de cristal, en motas de polvo, en brazos de bestias con más hambre que alma ―uno a uno, y ese es el hecho, han ido subiendo a la habitación donde sigue dormida y sin sueño, maquillada y sin bragas, sudada y sin consuelo―. «Te está esperando (le va a gustar)», insiste, y salta en calzoncillos a la piscina iluminada y azul. En el trampolín, otro se tambalea, muy divertido.