con un qué miras memo por toda mirada no quise (ni pude) culparte del entero fracaso de occidente (su lento, paulatino hundimiento en el pantano a las afueras), en cambio, dije algo así como no puedes nada contra tu belleza: todo lo que quiero es robarle tu rostro a la muerte —he ahí mi arrogancia—.

sabía que los lobos no necesitan sobre sus hombros la piel del lobo, que debía tomar por tema del cuadro la dama como objeto, pero, cuando hallé frente a mí sus ojos fríos, aquella quemadura helada en mi brazo, le dije: no soy capaz (de pintarte

después quise decirle tantas cosas en tan poco tiempo que no me resultó posible en absoluto. no en vano, cuando concluí su rostro (beldad inhóspita), atisbé fosos sin fondo (y aulléééé