llegamos tarde, por la tarde, a aquel pueblo de montaña: el sol se estaba poniendo y las cumbres se derramaban en el descampado donde dejamos la furgoneta. Había algunas tiendas, gente de buen humor, fumando. Sonaba la música: el festival había empezado. Fuimos. Cayó la noche entre risas, sangría y maría. Después del primer concierto, nos quedamos solos entre el gentío: «On van?» «A la furgo», y sonrió. Más pachanga. Más voces. Más alegría. Y, en otro tropiezo, no podía dejar de mirarla, propuso «Fem un volt?» «Vale». Salimos al bosque, por un camino cualquiera. Olía a pino. Hacía menos calor. «Vine», dijo, «fes-me un petó». Tropezamos de nuevo, en la sombra: en el besuqueo sonámbulo, torpe magreo, casi le quito, o se quita, el top. Pero no. «Va, vine… No vols fer-me un petó?». No. La miraba entre mis brazos y, aunque lo sentía, no le dije «ets més maca que la lluna». Tampoco la llamé «cara de lluna», cuando quería, y le busqué los labios mientras ella rompía a reír.