Corrían. En los juegos que no han de volver, corrían. Corrían por última vez. Los pechos enamorados, los muslos adolescentes.

―Detente… Detén tu carrera y permite al aire devolverme el ser. Ven. Vuelve a mis brazos… Sabes que no puedo darte alcance, pastor.

―¿Qué lo impide? ¿Qué impide a tus regias piernas seguirme?

―Mi condición. Tú eres pastor, hijo de pastores. Tú sólo eres el campo. Yo, sin embargo…

―¿Tú? Tú… ¿no has besado estos labios? ¿No has amado esta carne mortal? ¿No has bebido el jugo de mi simiente? ¿Acaso no te has postrado por mí» en el olivar. Rayos del sol. Miraba el cielo, los rizos del color de la noche que coronaban su testa inmortal.