Laureta

recuerdo que

laureta me esperaba echada en la alfombra del salón. apenas vestida (apenas desnuda), me decía ven aquí. me decía túmbate a mi lado, ¿quieres? me decía échate conmigo un rato (yo intuía su carne líquida jugosa viniéndoseme encima): no, no puedo —decía—. no, decía, tengo trabajo, y laureta esperaba mientras tallaba mujeres huesudas en tablas de madera. laureta —creía escuchar sus pasos de aquí para allá— prendida de luz, laureta —creía ver sus pies descalzos— callada, callada y quieta, cuando yo hendía maderas viejas con instrumentos punzantes, metálicos: pezones duros siempre. anda ven échate a mi lado —me instaba todo el tiempo (y yo la soñaba en tan distintos cuerpos)—: no, estoy ocupado con alfileres con astillas con aristas estoy ocupado ocupado en hierros en las diminutas heridas en mis dedos ocupado ocupado en fisuras ocupado ocupado ocupado