Cendal y celada

Voz de torreón I
la carne llama a la carne le digo, de improviso, mientras le miro los pechos carnosos, vencidos a uno y otro lado (hago por imaginarlos desnudos). la estridencia del contacto, sigo, produce en ocasiones fisiones terribles, estruendos que dejan ciegos de por vida a los hombres, llagas (¡fisuras!) que poco después quedan en nada. sólo digo dime qué pensará de todo esto la niña (asustada) que asoma a tus ojos, qué, para dormirla, podremos contarle entre las tuyas y las mías, qué consuelo, sábana o mano le procuraremos... dime, mujer, dime y entonces diré alto (de nuevo) la carne llama a la carne (no más que eso)