Límpidas mañanas de marzo

Epístola y diatriba

mi querida (mi tan amada):

exiges (el imperativo), mi semilla exiges en tu pecho seco, mi semilla en esos tuyos pechos, como sin gracia ni virtud, que se alzan (quejumbrosos) del erial, y marchitos y enjutos y exiguos, ¡resentidos! ¡dolidos de vida! y quieres aguas nuevas, hondo llanto en tu hondo pozo, pero sabe que la tierra está ya muerta (contra tu propósito, muere, muere ahogada. y quieres (la orden) otros aires, otros vientos contra tu alta frente: sabe, por fin, sabe, por último, que no queda más que soplar en silencio (cuando no quedan ya sueños que turbar

recibe pues sentencia (definitiva) por mirada: no hay marcha atrás. pero no te apures: (nos quedan) sólo límpidas mañana de marzo y ese sol al que ofrecerle sábanas blancas, tiernas sonrisas (un todo

sin eficacia