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Mañana de domingo

Acrílico sobre lienzo
Mi padre había matado a tres hombres aquella mañana.
A punta de pistola les hizo hincar la rodilla en el polvo.
Asumieron al fin la dureza del suelo.
El cielo sólo azul.

Tres.
Tres golpes.
No son nadie. No son más que gente.
Se deshizo de los cuerpos de aquella materia sin sustancia.
De nadie. El cuerpo ―dijo― es una proyección de la sombra y aquéllos, barranco abajo, pertenecen ahora a la espesura sin nombre ni recuerdo.
Así aquella mañana de domingo.