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El rey brujo II

Acrílico sobre tabla
Viejo, el brujo, arrulla a su prole desdentada, cejuda: «fijadlos en el brillo preciso». Después, subido al púlpito, sin pulso, ni pálpito, vierte lo que otros dirían «ponzoña» en las cañerías que riegan campos y retretes: «y verán en vuestros ojos mal de mármol» antes de cerrarse en su cátedra con un puñado de migas de pan duro. Entretanto, por los aires huecos de enero, los buitres, alados y negros, cierran círculos sobre la torre (en ocasiones, torreón). El cielo hierve: el azul se torna una piedra dura y fría y la transmutación del plomo en oro agoniza en lo alto de una estantería.