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El rey Volcán

Acrílico sobre tabla
Traen al enfermo y su sudor: pordioseros con las manos vacías, manos incapaces de asir, que visten el polvo del camino; mendigos, con negros pozos por bocas y brazos lechosos, que cargan racimos de peste añeja; desharrapados y vagabundos con piernas de madera, madera carcomida, que arrastran pesadas levitas de inmundicia y, sobre el hueso de los hombros, traen al enfermo y su sudor. Su coro en corro ―pútrido reguero de hoscas voces― canta, canta y canta «la gente en soledad arde cual vela / sólo nosotros estamos limpios» hasta que el rey Volcán rompe la montaña e irrumpe bañado en magma ardiente. Sus barbas hierven, su vientre abrasa. Alza las manos al cielo, de pronto negro, y brama en rojo «¡Quién me llama!»