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et plus ultra

El rey brujo IV

Acrílico sobre tabla
Al menos tres, alcanzan la noche sentados en la arena de espaldas a los bellísimos camellos. Uno deambula ―arriba y abajo― la directriz que establece que toda palmera debe «digitalizarse in situ». Otro, traspapelado, ha destripado cuatro archivadores tras sus huellas: se busca, sin nervio, en los bolsillos. Cinco, sin ver, delegan en teclas un ruego ciego contra las estancias de cemento y cristal. Ella, relegada al dorso de una mano, busca fuera, busca en el frío que traen las dunas, en el fulgor de la luna gibosa. Alguien dice que han dicho. Otro, a escondidas, escupe «no son puentes sino túneles» (incluso hay quien dice que una primavera, furiosa en insectos y flores, fue otrora soñada). Dos, al menos uno, buscan sobre la moqueta las hojas del otoño pretérito: a la luz de los monitores, no hallan más que el reflejo de una escoba apoyada en el pasillo y el silencio denso de guantes y bisturíes. El gran cuadro blanco preside la sala. Cuando (por fin) bajan a la calle, entierran para siempre sus cabellos y ponen su sangre en asépticas cápsulas. Se despiden después.