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pictóricos

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et plus ultra

Fábula I

Óleo sobre lienzo
lo que mi padre no sospechaba era que acabaría escribiendo un auto de fe que intitularía «Los amores de Luzbel con Isabel la casada», finalmente compuesto en preciosos tetrásforos monorrimos. Tampoco sospechaba que, de buenas a primeras, pondría al héroe Luzbel, en nacer tierno, solo en escena, con las mejillas encendidas y la color mudada por la pasión; los encantos de la dama, que habían de ser muchos y varïados, no excederían su hábito hasta el final del primer acto: Isabel, principal de las actrices, vencería al galán con un solo pie sorprendido a escondidas por su mirada angelical. El amor, irrefrenable, manaría de labios del doncel imberbe en lo que quise el punto álgido de la obra; creo recordar que decía «siento la muerte en tu pecho, en los huesos que esperan ser vistos, en la llama que, en escapar, expira lejos de tu loco empeño». Poco después, socorrida de su juventud, Isabel que cae rendida en sus brazos, Isabel que cae herida de muerte y Luzbel que perece, traspasado, en el ruedo de la vida, por el asta diabólica de un toro… Amor, espada y sangre traerían consigo lágrimas, moverían ánimos y desembocarían en una tragedia singular a la par que hermosa.