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Fábula II

Óleo sobre lienzo
Sobre troncos y ramas, sobre una maleza tupida y negra, la luz de la hoguera proyecta la Gran Sombra Gris: tras un ronquido bronco y brutal, hunde sus garras en el pelaje añejo de su panza para abrirlo en la herida obscena que escupe, inmisericorde, la llaga viva, el bulto encarnado, sobre la tierra. La criatura, bañada en baba y sangre, tiembla gozosa, se retuerce con la alegría del verme y busca, presa de espasmos de espanto, una mesura al dolor. Las mujeres, ubres rebosantes, vientres orondos, se le acercan y rodean: manos, dedos y lengua toman el humor lechoso que cubre su piel y, embadurnados, embadurnan los muslos lustrosos, las nalgas encendidas, la vara enramada que restriegan después bajo el vello más púbico. El griterío, con las llamas, se aviva. Y el pobre diablo, ante tan furiosas caricias, escapa, resbala, gatea… Allí todas buscan agarrarle el rabo por detrás: lo echan al suelo, lo encaran al cielo y lo montan. Otras, entretanto, besan su frente sin mácula, hurgan su hocico con uñas largas o juegan con sus cuernos tiernos y breves que, en sus sienes, nacen de tanto pensar. La corona es de laurel mordido y estramonio. Las viejas, ebrias de muerte, recogen del fondo del caldero tibias, clavículas y quijadas.