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Fábula V

Aguafuerte y aguatinta
atrabiliarios en la estulticia un viernes tarde». O mejor: «placientes jayanes al tacto de sus navajas». Ella, en definitiva, «enjuta, blanca de carnes y ojerosa». Si acaso la inocencia, en lugar de la pureza ―en una u otra forma―, asoma temerosa a sus ojos, «los más bellos». Otras noches ha soñado «cuerpos que arden», «cuerpos sin ropa» , y su herida, «antes remota», se ha entreabierto en secreto (nunca nadie lo supo); en suma, anochecía cuando la sorprendieron en un callejón: «todos ―de uno u otro modo― pasaron por ella», «sobre ella», «sobre aquella su ira divinal que, inmisericorde, clamaba clemencia al cielo».