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Fábula VII

Aguafuerte
Se apareció desnuda en el umbral ―el vestido (aún hoy) caía a sus pies―. Su cuerpo, pálido hálito de vida, no era más que piernas y brazos sobre la negrura abisal. Un resplandor. Un espectro, era. Cruzó la estancia etérea y quedó en el claro de luna que la puerta disponía: «mil abismos, mil tormentas, aunque en jardines, aunque perfumadas, he padecido». Tendió su mano, a unos pasos, sobre el pretil. El ajetreo luego, ruïdo de hombres, ruïdo de armas, precipitó la noche sobre los amantes: «Si los hombres fuesen hombres, matarían por unos ojos como los tuyos, ojos ―añadió― que bien valen un reino». Dijo y saltó. Las aguas del río, silenciosas y oscuras, sumieron su figura antigua. Telón lento.