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pictóricos

improvisaciones
et plus ultra

Fábula XI

Copia de la acuarela «L'Apparition» de Gustave Moreau
Sanguina sobre papel
PUESTA DE PUNTILLAS, deja caer las pestañas, respira las palabras del rey en su trono: «todo cuanto desees es tuyo». Levanta el mentón, invoca el aliento de la Diosa sobre sus hombros descubiertos, los pechos delicados, el candor, pues la piel es blanca y es nueva. De los días en palacio, de las noches en jardines perfumados, regresan la dulzura y la joya de la primera juventud, cuando aprendió las veleidades de la niña caprichosa, cuando despertó los apetitos salvajes y el hechizo de la jaula de oro se desvaneció para siempre… Estira la pierna. Avanza. El embrujo arde en su vientre, muy dentro, y gira. La llaman «gloria de nuestros días», y gira. La llaman la «bella», la «hermosa», y gira. Tiende los brazos al cielo, rinde los cabellos al vuelo, y gira. Siente que la anhelan, sabe que la envidian, y gira. Gira. Giran las caderas, giran los tobillos y los pies giran: los pies, la sangre, el polvo, las flores, las flores, el polvo, la sangre, los pies… y Salomé para. Está sucia. Señala al aire, donde la nada, como si nadie más fuese capaz de ver la cabeza horrible del bautista, los jirones de carne, la aparición ensangrentada que no es fruto de un sueño, y recuerda la visión de aquel hombre tirado en el suelo poco antes, y cómo fue alcanzada de pronto por su condición de preso, la náusea en la víscera, el hedor animal… Salomé sólo sintió asco. Después, mirando el rostro asombrado del bautista, siente apenas la piedad, y el miedo, el antiguo temor al numen, ensombrece sus ojos. Está triste. Sabe que sus encantos nada pueden con una cabeza sola. Busca. Busca alrededor